Prefiero el deseo al adorno.

Hay figuras que no llegan vacías: un animal, un guerrero, un avión... No son neutras. Traen encima una carga previa: fuerza, infancia, pertenencia, violencia, ternura, memoria, consumo, fantasía… Antes de convertirse en obra ya estaban dentro de nosotros, ocupando un lugar.

Trabajo con esas figuras porque no necesito inventar su poder. Ya lo tienen. Lo que hago es aislarlo, frontalizarlo, marcarlo y devolverlo como icono.

El tatuaje, el tag, el glitch o la marca aparecen como segunda piel. No decora: señala. Convierte la superficie en biografía, aunque esa biografía sea inventada. Lo animal empieza a parecer humano. Lo doméstico se vuelve amenazante. Lo salvaje se civiliza. Lo mecánico parece tener alma. Cada marca añade una capa: identidad, rito, posesión, herida, orgullo, máscara...

La obra grande funciona como retrato.
Frontal, limpia, casi ceremonial.
No explica.

El cromo, en cambio, revela el sistema. Convierte la figura en ficha, en número, en rareza, en atributo, en valor. Lo que parecía presencia se vuelve objeto. Lo que parecía aura se convierte en mercancía. Ahí aparece la tensión que me interesa: el arte como imagen que nos toca y el arte como cosa que queremos poseer.

No huyo de lo reconocible. Desconfío de la profundidad que necesita justificarse para ser tomada en serio. Una imagen puede gustar antes de ser entendidas, seducir primero y morder después.

Este trabajo nace en ese cruce: retrato, fetiche, marca, juego, mercado y pertenencia. Entre lo que miramos y lo que queremos tener. Entre el animal y el símbolo. Entre la obra y el cromo. Entre la imagen que contemplas y la imagen que te gustaría guardar.

Pero la serie no termina en la pared.

También es una puerta de entrada.

Quien mira estas piezas puede acabar entendiendo que el sistema no está cerrado. Que no se trata solo de mirar una colección, sino de poder formar parte de ella o crear la suya propia. El retrato deja entonces de ser una foto correcta, amable o social. Se convierte en personaje, presencia, ficha, emblema. Una forma de decir: este soy yo, pero pasado por otro lenguaje.

No me interesa fotografiar personas como quien rellena un álbum familiar. Me interesa convertirlas en imagen. Sacarlas del retrato convencional y llevarlas a un territorio más icónico, más extraño y más propio.

Al final, todo gira alrededor de lo mismo: la necesidad humana de ser visto, marcado, reconocido y recordado.

No hago cromos porque el arte sea pequeño.
Hago cromos porque casi todo lo que deseamos acaba reducido a signo, número y posesión.

No niego esa lógica.
La pongo delante y la marco.